Fernando Espino

"Pintura 26"

1979

Oleo pastel sobre tela

24x30 cm


Fernando Espino

Fernando Espino, artista “a la vez arcaico y moderno”, como lo describe Brughetti, comienza su trayectoria artística en la ciudad de Santa Fe. “No podríamos pensarlo sino pintor. A tal punto se identifican él y su obra que a veces, al mirarlos, lo mismo podría decirse que Espino pintó sus cuadros o que sus cuadros lo han pintado a él: largo, recto, anguloso, austero, trágico, tostado de sienas, cruzado de sombras”  (Vittori 1980).

Estudió en la Escuela Provincial de Bellas Artes de Santa Fe. Obtuvo el título de Profesor de Dibujo en 1953.  Dio clases de Pintura y Dibujo en el Liceo Municipal de Esperanza y en el Liceo Provincial de Paraná, una actividad que, según Domingo Sahda, “no era lo suyo”. También desempeñó un cargo técnico en el Museo Provincial  de Bellas Artes “Rosa Galisteo de Rodríguez”, luego se dedica plenamente a la pintura.

Para Fernando Espino, pintar fue desde el principio un acto de conjuro por el cual el artista se protege de sus fobias, de sus iras, de sus flaquezas, de sus ansiedades. Su ascendencia, sin embargo, iba a ser otra que la del expresionismo y se iría remontando, según Vittori, de abstracción en abstracción, a las fuentes del arte concreto, allí donde, por la geometría, se resuelve una imagen plana, frontal y bidimensional, “que no ha tenido a cosa alguna por modelo.”

En sus comienzos hacía paisajes dibujados o manchados del natural. Luego, ciertas figuras de pesadilla, “monstruos de la razón” cargados de humor negro, palpitantes de ironía, habitaron sus telas.

A partir de 1947 expone y participa en concursos y salones, “se adentra en lo telúrico y rescata formas y signos que si por momentos recuerdan al constructivista Torres García, también se apartan del maestro uruguayo, cuyos puntos de contacto entre ambos residen en la estructura y a veces en el cuadriculado. El mundo de Espino tiene raíces prehispánicas americanas: continúa, en ciertos planteos, a Gambartes, alejándose del rosarino en sus ritmos geométricos y en la curiosa simbología de sus presencias totémicas, ritos e inventivas plásticas de concreciones expresivas.” (Brughetti) Otras paralelas se encuentran en Susipiche, como él integrante del grupo El Litoral, y hasta se encuentra cierta resemblanza a Klee y Kandinsky.

Su obra, según Taverna Irigoyen (“Lys”, abril 1992), hasta 1963 estuvo “encuadrada dentro de la figuratividad, con imágenes de intención americana, que trascienden de sus ritmos morfológicos. Con posterioridad, y ya fuera de toda referencia natural, intenta que los ritmos lineales, las digitaciones cromáticas, comiencen a valer por sí mismas.

Con una óptica constructiva, desde la memoria de ciertas pictografías rupestres de América, hasta dibujos infantiles o signos mágicos de lejanas culturas, Espino recorre durante casi una década esos mismos espacios, descubriéndoles ( a veces en la síntesis, a veces en el, desarrollo) nuevos y cambiantes pronunciamientos estéticos. En algunas obras, su división del plano pasa a componer “enrejados” o “dameros” donde las líneas rectas se cortan en diferentes ángulos formando casetones regulares o irregulares, generando espacios poblados por entidades que avanzan  y retroceden, ascienden y descienden, están quietos o empujan en un intento de volver dinámico lo estático. Hacia 1973, en la plena libertad de su concepción, Espino comienza a buscar, lúdicamente, la representación de los gestos más simples sobre la planimetría del cartón.

La abstracción adquiere, desde ahí, y por vía de una síntesis totalizadora, el acuerdo de la madurez y, paralelamente, el riesgo de la concisión extrema. Desde la sensorialidad de una mancha suspendida en el rojo o el azul absolutos, pasando por las pequeñas escuadras lineales, la negación de las cruces y la irrupción perfecta del cuadrado, hasta la incorporación de recortes, objetos y otros materiales (..).”

En su última fase, en los años 80, la obra de Espino se densifica cada vez más, hasta llegar a la representación de puros signos, puro gesto y color. Sin embargo, Espino es muy conciente de su condición como artista moderno: “Las cruces, los números no son signos en mi pintura, son formas. En los indios, en los egipcios, ahí sí eran signos, porque encerraban contenidos religiosos o utilitaristas.” (Espino en un entrevista realizada por Enrique Butti, publicada el 11 de noviembre de 1985 en El Litoral)

A Espino, a pesar de haber realizado en su vida numerosas exposiciones y haber ganado premios, no le interesaba ni la fama, ni el mercado de arte. Una anécdota sobre su vida cuenta que, cuando vino una delegación de galeristas de Buenos Aires a ver su obra, Espino se hizo pasar por jardinero. “No sé cuándo va a volver el dueño de la casa,” dijo.

 “Unicamente el verdadero artista sabe que, cualquiera sea la tendencia por la que se aventure, la única justificación está en sus logros radiosos, y en la reconciliación con el mundo que su frecuentación nos produce. Toda la dudosa verborrea que engendran para autoexaltarse, la prebenda, el comercio y la mera ignorancia, se confunde para el artista con la cacofonía mundana y no tiene para él más sentido que un balbuceo ininteligible. Por conocer su precio, pero también su alegría, la probidad para con las premisas de su arte y la energía para ponerlas en práctica, son para el artista la única norma de vida.

Espino era de esa raza.” (Juan José Saer)




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