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EL GENARO DE LA
"A" A LA "Z"
Exposición de pinturas, grabados, dibujos y esculturas titulada El
Genaro de la “A” a la “Z”. La misma propone un recorrido didáctico
por lo mejor de la colección del Museo, desde los precursores hasta nuestros
días.
El realismo
naturalista del siglo XIX y las principales tendencias del arte argentino
del siglo XX estarán representados por los grandes artistas que nutren la
importante colección del Museo, una de las significativas de nuestro país.
Los Precursores (l850 -
l920)
A través de un largo
proceso en todos los órdenes de la vida social y política del país en sus
orígenes, está presente el aporte e influencia del pensamiento europeo. La
presencia concreta en nuestro territorio de artesanos, artistas, científicos
e intelectuales va moldeando la identidad de este país, que va dejando
lentamente su pasado colonial para transformarse en una República. Una
República abierta a las ideas de la Ilustración Francesa, ideas
fundamentales a la hora de articular el nuevo discurso estético que
transformaría toda la visión de los artistas del nuevo continente.
La presencia de los pintores viajeros en América del Sur en general y en
Argentina en particular, ejerce una clara influencia en el incipiente
movimiento plástico criollo. De profesiones de las más diversas, con una
visión romántica y bucólica, las imágenes por lo general costumbristas y
paisajistas que los artistas viajeros dejan en nuestro país comienzan a
transformar la mirada sólo antes reservada para el arte religioso colonial.
Adolfo D' Hastrel (l805-l875) marino francés, Amadeo Grass (l805-l871)
pintor y músico francés, Otto Grashoff (l812-l871), pintor y escritor
italiano, Ignacio Manzoni (l799-l888), pintor italiano docente, Adolfo
Meithfessel (l836-l909) artista suizo quien ilustró tratados de botánica
para el Museo de Ciencias Naturales de La Plata, son sólo algunos de los
artistas que trabajan en la primera mitad del S. XIX en nuestro país. Una
mención aparte merecen Juan León Palliere (l833-l877) nacido en Río de
Janeiro, inscripto francés y Juan Mauricio Rugendas (l802-l858) alemán,
quienes con una sólida producción comienzan a perfilar los nuevos horizontes
del arte de la generación de los precursores.
Si bien estas influencias son claras y notables, son más evidentes la
actividad de aquellos artistas que se radican en el país y comienzan a
ejercer la docencia, enseñando la técnica y el lenguaje europeo con una
visión naturalista de la pintura que erradicaría definitivamente al
primitivo colonial.
Con Prilidiano Pueyrredón (1823-1870) surge a
mediados del siglo XIX una madura figuración pictórica, al tiempo que nace
la organización nacional y las instituciones libres van a regir los destinos
del país.
La obra más antigua que nuestro museo posee es un óleo de este autor,
fechado en 1868.
Portador de un apellido ilustre - su padre fue el Gral. Martín de Pueyrredón
- Prilidiano, resume de alguna manera el ejemplo de lo que entendemos por
precursor en un país donde todo estaba por hacerse. No sólo fue dueño de un
gran oficio de pintor, también fue un activo difusor del arte y la cultura,
formador del gusto y fundador de un espacio donde muchos jóvenes
comenzarían a dar sus primeros pasos como artistas: la Fundación Estímulo
para las Bellas Artes.
En Córdoba, el portugués Luis Gonzaga Cony (1797-1885) enseñó dibujo y
pintura en el Colegio Monserrat y posteriormente en la Universidad Nacional
de Córdoba a partir de 1857. Fueron sus discípulos el
Dr. Genaro Pérez (1839-1900) abogado y teólogo, Andrés Piñero
(1854-1942) y Fidel Pelliza (1856-1920).
Los italianos Honorio Mossi (1863-1943) y Herminio Malvino (1867-1932), con
formación europea, también ejercieron la docencia.
Todos ellos transmitieron a sus alumnos, la necesidad de contar con un
dibujo preciso y un ajustado tratamiento de la forma, la materia y el color.
Emilio Caraffa (1862-1939), catamarqueño de
nacimiento, tuvo su formación inicial en Rosario. Becado por el Gobierno
Nacional, completó sus estudios en Europa donde desde l885 recorrió
academias y museos de Italia y España durante seis años. A su regreso al
país se radicó en Córdoba donde realizó la mayor parte de su obra y
desempeñó una significativa participación en la creación de la primera
Academia de dibujo y pintura reconocida oficialmente, que en un principio
sólo estaba destinada a alumnas mujeres.
Esta Academia, que sus comienzos contaba como Director y único profesor al
propio Caraffa, recibió el aporte de artistas españoles e italianos de
sólida formación europea, los pintores Manuel Cardeñoza (l860-l923) y
Ricardo López Cabrera (l865-l950) y el escultor Felipe Roig (1861-1939), que
supieron transmitir con sus conocimientos las técnicas que formarían a una
nueva generación de artistas cordobeses.
Pintura Argentina (l920 - l950)
La década de l920 a l930
asume real importancia en la búsqueda y el
hallazgo de
nuevos valores plásticos.
Una situación económica
próspera - Argentina permanece al margen de la Primera Guerra Mundial y
continúa exportando sus productos a Europa-, un bienestar general que se
consolida con el gobierno democrático del Pte. Hipólito Irigoyen (1916-1922)
primero y luego con el de Marcelo T. de Alvear (1922-1928), hombre culto y
sensible a las expresiones artísticas, son factores propicios a la
renovación y el advenimiento de formas nuevas.
Los mejores exponentes de esta generación adquieren un sólido oficio
artístico bajo la severa disciplina de la Academia y continúan su
experiencia de formación por lo general en Europa. Francia era el destino
elegido, siendo París la capital del arte del mundo por esos días.
Dentro de ese fermento de ideas de renovación artística que los movimientos
de vanguardia generaron y toda la tradición cultural que nuestros artistas
veían en los grandes museos, se gesta una generación de artistas que iba a
imprimir al arte argentino carácter y personalidad.
En el curso de pocos años se agrupan los escritores, los artistas, los
arquitectos más evolucionados en busca de una visión estética coherente con
el desarrollo del espíritu nuevo que crece en las tendencias vanguardistas.
Artistas como Ramón Gómez Cornet (1896-1964), Lino E.
Spilimbergo (1896-1964) y Horacio Butler (1897-1983) son algunos de los
grandes maestros que vivieron la experiencia europea.
Cubismo, fauvismo, futurismo, expresionismo, surrealismo son los movimientos
que van a enriquecer la expresión de esta generación que, sin renegar de las
nuevas tendencias no abandona "el objeto" utilizando las técnicas que le
acerca la vanguardia para seguir representando las cosas cotidianas.
El paisaje de barrio está presente en artistas como Eugenio Daneri
(1887-1970) y Miguel Diomede (1902-1974), el intimismo de la naturaleza
muerta en Roberto Rossi (1896-1957), el arte social en
Antonio Berni (1905-1980) y Enrique Policastro (1898-1971) pintor
dramático que convive con la sutil poesía pictórica de
Raúl Soldi (1905-1994).
Esta etapa es legítimamente definida como un contrapunto entre lo clásico y
lo moderno, con una tendencia a lo contenido, favoreciendo la expresión
plástico-poética, representando el entorno del artista con una definida
identidad.
Artistas de los años '50
En la primera mitad del siglo
XX, se afirman los nuevos lenguajes estéticos que las vanguardias de
principio de siglo habían sostenido.
El cuadro y la escultura se independizan del objeto representado, alejándose
de los conceptos pictóricos tradicionales.
La línea, la forma y el color son utilizados como medios de expresión
independientes del modelo, al cual se lo recrea con total libertad cuando no
se prescinde de él.
El panorama es rico y variado, con distintas expresiones plásticas, tanto
figurativas como abstractas. Una búsqueda de la expresión telúrica en
autores como Leónidas Gambartes, Ricardo Supisiche, Timoteo Navarro, el
surrealismo de Juan Batle Planas, la síntesis formal y cromática de Luis
Seoane y Raúl Russo, el expresionismo de Santiago Cogorno y Leopoldo Presas
y la apertura hacia la abstracción de Luis Scordia, Torres Agüero, Luis
Barragán, junto al informalismo expresionista de Vicente Forte conviven con
el purismo formal de los artistas concretos.
Pintura de color plano, con abundancia de líneas rectas, rigurosa
estructuración geométrica y espacial, cuenta en nuestra colección a autores
como Sarah Grilo, Miguel Ocampo, Clorindo Testa, Anita Payró, Ary Brizzi,
Alejandro Puente y Manuel Espinosa entre otros.
Se podrá encontrar en muchas de estas obras virtuales efectos cinéticos en
el espacio y a semejanza de la escultura de esta época, gran interés por
materiales nuevos como el plástico, el acero, el acrílico, alambres, luces,
etc.
Arte de los años ’60
La
posguerra, la era atómica, la guerra fría, el progreso tecnológico y las
diferencias políticas, sociales y económicas entre el mundo desarrollado y
el resto, traen un grado de inquietud y malestar a la conciencia del
artista contemporáneo.
El centro del arte se traslada de París a Nueva York. El expresionismo
abstracto, aporte puramente norteamericano, se difunde por todo el mundo.
Los jóvenes artistas de la época leen textos orientales, interpretan el
budismo zen, admiran la filosofía y pintura china, experiencias fecundas que
dejan atrás el figurativismo banal.
El problema o los problemas de una pintura que tiende a la manifestación de
su expresividad más abstracta, ocupa a pintores nacidos alrededor de 1930 y
también incluye una corriente inclinada a la rehumanización, ubicando al
hombre como centro esencial, modelo transfigurado por la conciencia del
hombre contemporáneo, irritada por los horrores de un siglo convulsivo.
Esta nueva figuración, post-informalismo, tiene los elementos plásticos del
mismo: desacralización de los medios técnicos tradicionales, el rescate de
lo absurdo y la vigencia del humor, la utilización de soportes de gran
tamaño, el concepto de economía de los medios, la transformación del
concepto de belleza, la negación de ciertas exquisiteces, el concepto de
renovación constante y de experimentación sistemática, la vigencia del
azar, etc.
Escultura
A semejanza de la
pintura, la escultura en la Argentina acogió los nuevos planteos y
soluciones de las distintas tendencias operantes por conducto de excelentes
artistas.
En este proceso esta exigente disciplina llega más tardíamente al país que
la pintura. Porque si a mediados del siglo XIX surge una madura figuración
pictórica en Prilidiano Pueyrredón al tiempo que nace la organización
nacional y las instituciones libres comienzan regir los destinos de la
nación, recién a principios de los años veinte, crece la obra de un
escultor como Rogelio Yrurtia, ceñido a la dirección de acentos naturalistas
y expresivos.
A partir de este verdadero precursor de la escultura del cual nuestro museo
no posee obra, se abren los distintos senderos de la modernidad, donde cada
artista busca su propio perfil.
Luis Falsini, Antonio Sibellino, Alfredo Bigatti, Ricardo Musso, Horacio
Juarez y Lucio Fontana son sólo algunos de estos
escultores que durante la primera mitad del siglo pasado se expresan
manteniendo aún las líneas esenciales de la figuración, por más que la
entidad plástica se sometiera a deformaciones de la forma y la realidad
fuera sustituida por una severa construcción bajo la influencia del cubismo,
del futurismo, del expresionismo, del surrealismo y otras tendencias
contemporáneas.
Es con posterioridad a la Segunda Guerra Mundial cuando nuestra escultura se
inclina a la abstraccion, al constructivismo, al concretismo y al
espacialismo.
Nicolás Antonio de San Luis, Carlos de la Cárcova, José Planas Casas,
Antonio Sassone, entre otros escultores, integran el núcleo que ha dado
fisonomía a su arte en la etapa que precede al predominio de las corrientes
de filiación no figurativa y que está representado en la colección del Museo
Genaro Pérez.
En la segunda mitad del Siglo XX, los cambios tecnológicos y la evolución
del mundo moderno replantearán seriamente el oficio del artista. La energía
atómica, la televisión, el avión son sólo algunos elementos que causan
fascinación al hombre contemporáneo.
Surge la necesidad imperiosa de abandonar la práctica de las formas del arte
conocido y abordar el desarrollo de un arte basado en la unidad del tiempo y
del espacio, una expresión que evalúa más la idea que su ejecución, la
investigación más que la realización, la especulación sobre la naturaleza de
las cosas que su propia traducción.
En toda su historia la escultura se ha relacionado de diversas maneras con
el espacio. En la escultura clásica éste no penetraba sino que rodeaba a la
escultura, determinado el valor escultórico de la masa. A partir del barroco
y hasta el impresionismo, el espacio tiende cada vez más a ser el elemento
activo. En el siglo XX el cubismo expresa el espacio como volumen, en tanto
el neoplasticismo marca su acento en aristas y planos.
Dentro de esa evolución, la escultura concreta busca la unidad de la forma y
el espacio, de tal modo que determina un fenómeno estructural y sensible en
el que tanto la forma como el espacio participan por igual.
Forma y espacio son los datos elementales que intervienen en toda escultura.
De las relaciones que se establezcan entre ellas, depende el valor estético
de la escultura.
El artista moderno es ya no sólo un modelador de la masa, sino que
incorpora, ensambla elementos y materiales provistos por la nueva
tecnología. Vidrio, metales como bronce o acero inoxidable, caños, luz,
agua, sonido y movimiento hacen de la escultura contemporánea un fenómeno
inédito.
Noemí Gerstein y Gregorio Dujovni son algunos de los ejemplos que nuestro
museo puede ofrecer.
Sin embargo, este concepto estético que liga al arte a la evolución del
pensamiento científico, pierde terreno en los comienzos de los años ’60
frente a la necesidad de “rehumanizar” el arte. Buena prueba de ello son las
expresiones neofigurativas surgidas en el mundo entero. Mariano Pagés,
Labourdette, Fernandez Mar son algunos de los escultores figurativos que
representan esta tendencia en nuestra colección. Desde la llegada del
español Felipe Roig (1861-1939) a la Academia de Caraffa a principios del
siglo XX en Córdoba, los escultores cordobeses alternan las formas
tradicionales clasicistas con las nuevas experiencias y realizaciones que se
suceden en el tiempo: de Primitivo Icardi a Mario Rosso, de Carlos Zárate a
Carlos Peiteado, Leonardo Kilsteins y Oscar Paez, artistas todos ellos que
conjugan la búsqueda formal con la depuración artesanal del oficio sin
olvidarse de los planteos conceptuales y expresivos.
Ultimas tendencias
En un mundo cambiante,
el hecho de hablar de las últimas tendencias, desde 1950 hasta nuestros
días, nos lleva a una conclusión: ya no podemos mirar el pasado como una
progresión lineal, sino como una serie de tendencias, en apariencia
antagónicas, que guardan entre sí sutiles conexiones.
La vanguardias que surgieron luego de finalizada la Segunda Guerra Mundial,
pusieron en tela de juicio si valía la pena pintar, crear, frente a la
barbarie de la guerra.
El nihilismo y el existencialismo que impregnaron el pensamiento de la
posguerra fueron desapareciendo a medida que Occidente se acomodaba en la
“sociedad del bienestar”. Pero esa prosperidad, basada en un capitalismo
cada vez más salvaje y en la explotación del tercer mundo, no evitó las
manifestaciones de malestar generalizado, expresadas en la contestación
juvenil de la contracultura norteamericana, las revueltas estudiantiles
europeas y los movimientos guerrilleros latinoamericanos de fines de los ’60
y principio de los ’70.
En nuestro país, a mediados de la década del ‘50, se vive una apertura
hacia los movimientos de vanguardia generados tanto en Europa con los
Estados Unidos.
Los artistas argentinos comienzan una década de experimentación y participan
en las primeras Bienales Internacionales que se organizan en el país,
justamente en la ciudad de Córdoba, las Bienales IKA. En Buenos Aires la
mayoría de los artistas de vanguardia, se nuclean en el Instituto Di Tella.
Pintores y escultores incorporan resoluciones formales provenientes del
expresionismo abstracto norteamericano y el informalismo europeo. También
comienzan las primeras manifestaciones conceptuales y se afirma el
movimiento de arte concreto y cinético.
Todo este fervor artístico y creativo es abruptamente interrumpido por el
golpe militar del ’66. A partir de ahí, las instituciones culturales,
artísticas y educativas comienzan un período de oscurantismo y decadencia,
que no hace más que profundizarse con el golpe militar del ’76. El
desarrollo del arte argentino se resiente con el obligado exilio de artistas
y pensadores durante la década del ’70 y no es hasta los comienzos de los
años ’80, donde se asiste a un renacer de la actividad pictórica ya en un
campo democrático.
Los salones y concursos tienen una influencia marcada y ganan gran
notoriedad. Son la puerta de acceso, tanto de los jóvenes autores como de
los más experimentados, para que su trabajo se conozca y los museos
incrementes su acervo y funcionan como un paliativo hacia el esquivo mercado
del arte, siempre reacio a incorporar nuevas expresiones.
Estas generaciones nuevas de artistas argentinos comparten similitudes con
el resto de los artistas del exterior. La actitud de experimentación
constante, propia de la modernidad, cede frente a la necesidad de afirmar
una imagen desde lo que se llama el retorno a la pintura. Los lenguajes son
heterogéneos, con recurrentes citas del pasado, al igual que en el resto del
mundo, el arte argentino ingresa, ya en las puertas del siglo XXI, a la
posmodernidad.
En su mirada hacia etapas anteriores los artistas posmodernos han combinado
en sus realizaciones, lenguajes del pasado con corrientes del siglo XX. El
eclecticismo lo afectó todo. Cada vez resulta más arriesgado intentar una
clasificación por modalidades dentro de esta gran etapa que corresponde a la
posmodernidad.
Quizás uno de los factores que en mayor medida ha contribuido a configurar
este nuevo contexto en el que se sitúa el arte de hoy, es el hecho de que
las últimas generaciones de artistas han vivido su infancia y adolescencia
bajo la decisiva influencia de la TV. Esta ha tenido diversas consecuencias
en la formación de los jóvenes, una de ellas, el alejamiento de la lectura y
la entrada al mundo de lenguaje audiovisual.
Todo ello ha causado un distanciamiento de las grandes obras literarias a la
par que ha supuesto una mayor facilidad de los mensajes, ahora visuales,
mucho más clara que la propiamente literaria. La simplificación comunicativa
ha afectado el lenguaje cotidiano, que se ve reducido.
La época actual, con su enorme evolución tecnológica está afectando al ser
humano más de lo que éste puede imaginar.
El arte ya no tendría que ver con la
belleza ni con la verdad y con la llegada del fin del milenio y el comienzo
de un nuevo siglo, parece necesario redefinir el valor y el sentido de las
prácticas artísticas. |